Compro y baja. Vendo y sube. ¿Por qué?
Mucha gente ha tenido esta sensación. Merece tomarse en serio, sin convertirla en una ley: no todos compran en el máximo ni venden en el mínimo, y nadie carga con una maldición personal. Lo que sí pasa es que varios sesgos bien documentados hacen que esos malos momentos sean más tentadores de lo que deberían. Los reguladores de los mercados también los describen, por ejemplo la FCA británica y la CNMV española.
El FOMO, o el miedo a perderse la subida
Esperas a que suba para sentirte tranquilo. Solo que cuanto más sube, más obvio parece comprar, y más alto es el precio que pagas.
Dudas cuando el bitcoin vale 60 000 dólares. Te decides a los 75 000, porque «esta vez sí despegó».
Los inversionistas particulares compran más lo que capta su atención: las acciones que salen en las noticias o que acaban de moverse con fuerza (Barber y Odean, 2008).
El efecto manada
Cuando todos a tu alrededor hablan de Bitcoin, el entusiasmo general parece una prueba. Pero cien personas que se copian entre sí no aportan cien datos distintos.
Tres amigos compraron, tus redes no hablan de otra cosa, y el eco termina pareciendo una certeza.
Uno puede seguir a los demás dejando de lado su propia información, y esos movimientos de masa pueden darse vuelta de golpe (Bikhchandani, Hirshleifer y Welch, 1992).
El sesgo de lo reciente
El movimiento de las últimas semanas termina pareciendo la dirección de mañana. Después de tres meses de alza, subir parece normal. Después de tres meses de caída, la caída parece no tener fin.
«Subió 30 % en un mes, va a seguir.» O lo contrario, con exactamente la misma seguridad.
En casi cincuenta años de encuestas, las expectativas de rentabilidad de los inversionistas suben después de las alzas del mercado y bajan después de las caídas (Greenwood y Shleifer, 2014).
La aversión a las pérdidas
Perder duele más de lo que alegra ganar. Una caída del 20 % puede volverse difícil de soportar, aunque sabías que podía pasar.
Tenías pensado guardar tus bitcoins cinco años. Al tercer día en rojo, ya no te animas a abrir la aplicación.
Matiz: este sesgo no siempre empuja a vender en pánico. También puede hacer lo contrario y llevar a mantener demasiado tiempo una posición perdedora, para no «hacer real la pérdida». Es el efecto disposición: vender demasiado pronto lo que gana y aguantar demasiado lo que pierde (Shefrin y Statman, 1985; Odean, 1998, a partir de las cuentas de 10 000 inversionistas particulares).
El sesgo de confirmación
Una vez que tomas posición, buscas sobre todo lo que te da la razón. Las opiniones contrarias parecen menos serias y las buenas noticias, más sólidas.
Lees hasta el final el artículo que anuncia la subida y pasas rápido por el que habla de los riesgos.
Un sesgo presente en muchos ámbitos, mucho más allá de las finanzas (Nickerson, 1998).
La mirada engañosa hacia atrás
Después, un máximo parece evidente. En el momento, nadie sabía que lo era. Este sesgo retrospectivo da la impresión de que se podía prever, y por lo tanto de que la próxima vez sí lo vamos a prever.
«Todo el mundo veía que estaba demasiado alto.» ¿Todo el mundo, en serio?
Conocer el final de una historia nos hace sobrestimar cuán previsible era (Fischhoff, 1975).
La memoria selectiva
Algunas decisiones quedan grabadas: la venta justo antes de una subida, la compra justo antes de una caída. Vuelven a la mente con más facilidad que las decisiones comunes, y terminamos creyendo que resumen nuestra forma de invertir.
Una sola mala venta puede bastar para hacerte dudar de todo tu plan, años después.
Lo que viene fácilmente a la mente parece más frecuente (Tversky y Kahneman, 1974). Las experiencias vividas también influyen en nuestro gusto por el riesgo, a veces décadas después (Malmendier y Nagel, 2011). Hablo de esto desde otro ángulo en Desconfía de tus experiencias pasadas.