El peor albergue de mi vida
Sábanas manchadas, un euro por cambiarlas, y flores en vez de un sello.
Una noche en el Camino, un pequeño tabulé me dejó con hambre. La lección que saqué de ahí acabó costándole la cena a toda una pareja.
El ser humano aprende de sus experiencias. Observa, retiene y adapta su comportamiento para la próxima vez. Bastante útil para sobrevivir.
Salvo cuando saca grandes conclusiones de un pequeño tabulé.
En el Camino de Santiago, llego un día a Estaing. Un pueblo precioso, entre un castillo y un río, en esa Francia que realmente se descubre cuando se la cruza a pie. Se avanza a su propio ritmo, con la casa a cuestas. Qué placer, esa libertad.
Me instalo en uno de los últimos albergues donativo que encontraré en el Camino. El principio: cada uno da lo que quiere por el alojamiento.
El lugar es muy cristiano. El hombre que nos recibe lleva un objeto religioso al cuello, no sabría decir exactamente qué era. Después de la cena, se ofrece un momento de oración en una sala aparte.
Pero antes de alimentar el espíritu, espero sobre todo alimentar el resto.
Porque caminar treinta kilómetros al día con una mochila de bastante más de quince kilos abre el apetito. Tengo hambre casi todo el tiempo. Incluso yo, que como poco dulce, me como al menos una tableta de chocolate al día, fuera de las comidas.
Esa noche nos sirven tabulé.
Un pequeño tabulé.
Me lo como esperando lo que viene después.
No hay nada después.
Para mi estómago de caminante, se parece más a un aperitivo que a una cena. Me voy a dormir y descanso como puedo, con el hambre todavía en el cuerpo.
Al día siguiente, un buen desayuno y unas mermeladas caseras me reconcilian con la vida. Preparo mis cosas y retomo el camino.
Después de media hora caminando, me doy cuenta de que los diez euros previstos para el albergue siguen en mi bolsillo.
Una bonita manera de decir que se me olvidó darlos.
Media vuelta. Regreso a pagar, y luego sigo camino.
Qué placer empezar el día con una hora de caminata para acabar exactamente en el mismo sitio.
Unas semanas después, llego a otro albergue, llevado por una señora mayor y su marido. Son muy simpáticos. Ella cocina para todos, pero yo como en una sala separada de la pareja.
Primero me trae una pequeña sopa.
Me la termino.
Luego llega un gran cuenco de tabulé. Una cantidad que fácilmente alcanzaría para tres personas.
Pero yo ya tengo experiencia.
Conozco la trampa del tabulé.
Esta vez no me voy a ir a dormir con hambre teniendo comida delante de mis ojos.
Termino todo el cuenco.
La señora comenta que tengo buen apetito. Estoy bastante satisfecho de mí mismo. Por fin una cena a la altura de mi hambre.
Luego ella vuelve con el plato principal.
Unas salchichas enormes.
Y su guarnición.
Entiendo entonces que mi experiencia anterior quizás no me dio todas las claves para interpretar esta cena.
Pero ahora que lo tengo delante, me siento obligado a honrar la comida. Me esfuerzo. Cada bocado se vuelve un poco más difícil que el anterior, pero consigo terminar casi todo el plato.
Al final, tengo el estómago tan lleno que sentarme en el sofá requiere cierta reflexión.
Solo después me vino otro pensamiento.
El gran cuenco de tabulé, el que fácilmente habría alimentado a tres personas…
Éramos justamente tres.
Creo que la pareja nunca llegó a probar su propio tabulé.
Sábanas manchadas, un euro por cambiarlas, y flores en vez de un sello.
Un joven francés se va de nuevo a la noche antes de que pueda ofrecerle mi cama.
Una mujer me aborda en el norte de Escocia y se presenta como la Dama Suerte.
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El próximo capítulo se vive en Lima: seguir la partida.