El peor albergue de mi vida
Sábanas manchadas, un euro por cambiarlas, y flores en vez de un sello.
En un albergue empapado de lluvia en Galicia, un joven francés descubre que la cama cuesta diez euros. Se va de nuevo a la noche antes de que pueda ofrecerle la mía.
Llevo ya varias semanas caminando el Camino de Santiago. A estas alturas estoy bien entrenado: cuarenta kilómetros al día, y al día siguiente, se vuelve a empezar.
Estoy en Galicia, a pocos días de camino de la meta. A finales de octubre, la región no perdona. Llueve todos los días. El viento, los charcos, el agua que siempre acaba entrando por algún lado.
Llevo mojado aproximadamente una semana.
Mi ropa ya no se seca. Por la mañana, me pongo otra vez las botas todavía empapadas y sigo caminando. A veces estoy mojado hasta la ropa interior. Tengo un poncho, pero sudas tanto debajo que, de todas formas, terminas húmedo. A estas alturas, ya no intentas realmente mantenerte seco.
Se sigue caminando.
Una noche, llego ya anochecido a un albergue municipal. En el Camino, en España, se puede dormir por unos diez euros. Lo más barato que pagué fueron nueve euros, cena incluida: patatas fritas, un huevo y cerdo. Después de un día de caminata, eso me hace más que feliz.
Me instalo y empiezo mi pequeña rutina: ducharme, lavar mi ropa en el lavabo, y luego ocuparme de comer.
Esa noche tengo con qué cocinar. Voy a la cocina, pongo agua a calentar en un fuego y mi pequeña olla de viaje en el otro.
Bum.
Se va la luz en todo el albergue.
Busco el número de la persona a contactar. En esa época no hablo nada de español, lo cual no facilita precisamente explicar mi hazaña.
La señora termina apareciendo. Entiendo que hay que usar un solo fuego a la vez. Los dos juntos consumen demasiada electricidad y hacen saltar los plomos.
Muy bien. Un fuego a la vez.
Un poco más tarde, mientras sigo cocinando y la señora todavía anda cerca, oigo a alguien en la entrada.
Un chico joven, más o menos de mi edad. Habla español con un fuerte acento francés. Lleva el teléfono en la mano y oigo salir de él una música familiar.
Vald.
Pregunta si el albergue es un donativo. En el Camino, son alojamientos donde cada uno da lo que puede por pasar la noche, sin tarifa fija.
La señora le responde que no. Aquí son diez euros.
Él lo entiende, le da las gracias y se va de nuevo hacia la noche.
Yo sigo delante de mi olla.
Tardo unos segundos en darme cuenta de lo que acaba de pasar. Un francés de mi edad, en el mismo camino que yo, que llega ya anochecido y se va porque este no es el lugar que buscaba.
Pienso que podría invitarle a pasar la noche. Diez euros, y podríamos comer juntos, hablar del Camino, de música, de la vida.
Voy hasta la puerta.
Demasiado tarde.
Ya se ha ido.
No sé si no tenía los diez euros, si simplemente buscaba otro sitio, o si tenía alguna razón que desconozco. Ni siquiera cruzamos una palabra.
Pero me habría gustado proponérselo.
Lo he pensado mucho desde entonces. En ese minuto que pasé pensándolo delante de mi olla. En el momento en que finalmente me decidí a moverme.
Me decía que quizás lo volvería a ver al día siguiente en el Camino. Que reconocería su cara, o que volvería a oír a Vald saliendo de su teléfono.
Nunca lo volví a ver.
Sábanas manchadas, un euro por cambiarlas, y flores en vez de un sello.
Una mujer me aborda en el norte de Escocia y se presenta como la Dama Suerte.
A los 20 años rechacé un puesto en el CERN para irme a caminar 1 850 kilómetros.
Seguir a MartinBTC: YouTube · X · Instagram · TikTok
El próximo capítulo se vive en Lima: seguir la partida.